Partidos políticos, corrupción y cristiano
Es bueno que nos escandalicemos cuando sale a la luz un acto de corrupción; será demoledor si un día la población general ya no se escandaliza, porque entonces se hace muy difícil luchar contra ella. La corrupción puede extenderse o atajarse dependiendo del grado de permisividad de los dirigentes políticos, pero sobre todo de la población general.
Ningún partido está libre de albergar corruptos, y no es correcto asociar corrupción con ideologías concretas, porque la corrupción no tiene ideología, pero cada grupo político está obligado a dar una respuesta inequívoca ante ellos. La claridad y contundencia de esa respuesta sí que define la salud política de esa organización.
Los evangélicos sabemos que la corrupción no viene de afuera, no se origina en las estructuras políticas –si acaso es facilitada por ellas–, sale de dentro, del corazón del ser humano.
Cualquier persona, por su naturaleza espiritual corrompida, en cuanto accede a una cuota de poder, tiende a desviar el uso del poder en beneficio propio. El meollo de la democracia está en controlar y restringir el ejercicio incontrolado del poder. Que este abuso se manifieste en corrupción económica es sólo un síntoma, porque el dinero da sensación de poder. Es justamente la ostentación en el consumo, la avaricia asociada a la soberbia y a la insensatez, lo que ha delatado a algunas personas.
Todo partido político debería tener esto en cuenta: por ser compañeros de partido, mis militantes no están libres de la tentación de la corrupción. Cada partido debe velar por la integridad moral de sus militantes y establecer sistemas de supervisión pertinentes. Por cierto, ayudaría mucho contar con mecanismos transparentes de financiación de las organizaciones políticas, porque encima permea la idea de que los corruptos pueden ser generosos caballeros que hurtan para financiar a sus partidos y éstos les pagan abandonándoles cuando son cazados.
La corrupción es mala cuando anida en los bancos de la oposición a mi partido, pero es destructora cuando asienta ocultada entre los míos.
Al compañero corrupto no hay que encubrirle, no hay que dejar pasar el tiempo ni mirar para otro lado; ni es ético ni es práctico: a corto plazo parece resultar eficaz, pero cuando se destapa la corrupción el precio que paga la organización es mucho mayor. Es explicable que los acusados tengan entonces una reacción virulenta y se sientan traicionados: ¿por qué antes era un militante útil y ahora nadie quiere verse relacionado conmigo?
No olvidemos que algunas actuaciones pueden no ser imputables judicialmente, pero sí ética y políticamente; así, aunque algunas evidencias no sirvan técnicamente como prueba, son muy relevantes desde el punto de vista ético y deberían tener respuesta política clara y precoz, no tardía.
Pero hemos de ser realistas y no caer en el escepticismo de decir “la corrupción de los políticos es inevitable”; al contrario: la corrupción tienta el corazón de cada hombre y el objetivo realista de la democracia no es imposibilitarla, sino establecer mecanismos rigurosos para diagnosticarla y reprimirla. En los países totalitarios se encuentra tanta o más corrupción, pero la dictadura impide que salga a la luz, le concede impunidad y la perpetúa y multiplica.
La democracia no sana la naturaleza pecadora de las personas, la saca a la luz; cumple el principio bíblico de “nada hay encubierto, que no haya de ser manifestado; ni oculto, que no haya de saberse” (1) y, en aplicación de Romanos 13, restringe sus efectos destructores. Es, así “servidora de Dios para nuestro bien (2)”.
1) Mt 10.26
(2) Ro 13.4
X. Manuel Suárez es médico, político y Vicepresidente del Grupo de Participación en la Vida Pública de la Alianza Evangélica Española









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