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Mi Embrión Vieron tus Ojos

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Mi Embrión Vieron tus Ojos

¡Qué bendición tan grande es ser cristianos! Hijos, siervos, ministros, e instrumentos del único Dios verdadero que nos ama, nos conoce por nombre y tiene un plan maravilloso para el resto de nuestras vidas. La Biblia enseña (en pasajes inspirados por Dios y escritos entre mil, y mil quinientos años antes de Cristo), y la genética lo ha comprobado apenas en los últimos 50 años, que nadie llegó a este mundo por casualidad o por un accidente de la naturaleza. Sea que hayamos sido concebidos como resultado de un acto matrimonial lleno de amor, respeto y responsabilidad, o seamos el producto de un acto de fornicación, adulterio, violación o abuso sexual, el salmista dice: “He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre.”

Ahora sabemos que todas y cada una de las características de nuestro cuerpo, incluyendo inteligencia, habilidades, estatura, y hasta el color de nuestra piel y cabello, fueron escogidas por Dios y codificadas en nuestro ADN y sus genes, para que pudiéramos, durante nuestro peregrinar terrenal, cumplir con excelencia la misión y tarea que Él planeó de antemano para nosotros. Aún el momento histórico, el lugar geográfico, el hogar donde nos desarrollamos, la disponibilidad de escuelas, maestros, libros de texto y mil cosas más, como las circunstancias que nos rodearán durante nuestro ministerio, fueron planeadas, programadas, y controladas por Dios para que llegáramos a estar enteramente preparados para toda buena obra y presentarnos diariamente ante Dios aprobados, como obreros que no tenemos de qué avergonzarnos y que ponemos por obra eficientemente la Palabra de Dios.

 Dice la Biblia: Mi embrión vieron tus ojos y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas. ¡Qué preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos! Como a barro me diste forma, tus manos me hicieron y formaron mis entrañas, me entretejieron en lo oculto y profundo del vientre de mi madre, me vistieron de piel y carne, y me rodearon de huesos y nervios. Vida y misericordia me concediste, y tu cuidado guardó mi espíritu. ¡Te alabaré, porque formidables y maravillosas son tus obras y mi alma lo sabe muy bien! (2ª Ti 3:17 y 2:15; Sa 127:3 y 139:13-17; Job10:8-12).

 Por eso es que con diligencia, tan pronto como podamos, y aún desde la niñez si se presenta la oportunidad, hay que creer, aceptar, recibir, y confesar a Jesucristo como nuestro único y suficiente Salvador, Dios, Maestro, Rey y Señor de nuestras vidas, pues nunca llegaremos a ser verdaderamente felices en este mundo, a menos que decidamos prudente y oportunamente vivir como Dios manda en la Biblia, y servir a Dios, cumpliendo el propósito que Él tiene para cada uno de nosotros. La Biblia dice: Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; antes en la ley de Jehová está su delicia y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará; pues todas las cosas ayudan a bien, a los que aman a Dios, a los que conforme a su propósito son llamados (Sa 1:1-3; Ro 8:28).

 Aparte de los ministerios comunes (orar, leer, meditar, memorizar y obedecer la Biblia; desechar los malos hábitos y sustituirlos por los buenos; apoyarnos unos a otros y predicar el evangelio, por ejemplo), Dios tiene uno o más ministerios específicos para cada uno de nosotros dentro de la iglesia, también llamada el Cuerpo de Cristo, en donde, de la misma manera que en el cuerpo humano, cada una de sus células y miembros cumplen una función necesaria e importante.  Nosotros también como iglesia, sea local, regional, estatal, nacional, o mundial, tenemos asignadas buenas obras de honra y gloria a Dios, de edificación para los congregantes y de bendición para este mundo perdido; las cuales fueron preparadas de antemano por Dios para que anduviésemos en ellas (Ef 2:10).

 Dios promete premios, galardones, coronas y reconocimientos a todos los que como instrumentos útiles en sus manos cumplen con excelencia la tarea encomendada, porque Dios no es injusto para olvidar nuestra obra y el trabajo de amor que hemos mostrado a su nombre, habiendo ministrado a los santos y ministrándoles aún. Dios dice: ¡Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida! (He 6:10; Ap 2:10

 

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